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lunes, 1 de diciembre de 2008

En los setenta los directores de orquesta sí eran tres

Durante los setenta, tres fueron los grandes directores de orquesta que acapararon la atención de los melómanos mundiales: el austríaco Herbert Von Karajan (1908-1989), el húngaro Georg Solti (1912-1997) y el norteamericano Leonard Bernstein (1918-1990).

Hubo durante ese período otras batutas insignes como la del austríaco Karl Böhm (1894-1981) quien pese a su edad todavía dirigía, la del italiano Carlo María Giulini (1914-2005) o el rumano Sergiu Celibidache (1912-1996) quien casi no salió de Alemania.

Sin embargo los tres primeros eran los preferidos.

Karajan y Solti dirigieron ópera y música sinfónica, Bernstein solo lo segundo, y además fue un compositor de rutilantes y exitosos temas populares, descollando la comedia musical West Side Story. Karajan y Bernstein dirigían sin la partitura a la vista, Solti lo hacía siempre con ella al frente para brindar seguridad a los músicos y especialmente a los cantantes, tal su credo…

El estilo de Karajan era apolíneo: calmo y distante. Bernstein y Solti más dionisíacos, se preocupaban más por los aspectos emotivos de la ejecución.

Karajan comenzó su carrera al amparo del nazismo de la mano de Goering que lo oponía al insigne Wilhem Furtwängler (1886-1954), protegido de Goebbels y probablemente el más grande director wagneriano de la primera mitad del siglo XX. Ambos se detestaban, al punto que Furtwängler se refería a Karajan como “ese hombre K”. Terminada la segunda guerra y luego de un rápido proceso de desnazificación, Karajan escaló posiciones convirtiéndose a partir de los sesenta en el Director Musical de Europa, ostentando la conducción simultánea de las Filarmónicas de Viena y Berlín y participando en los festivales wagnerianos en Bayreuth.

¡¡¡Observen como en el ensayo antes de una función en medio de 100 ejecutantes descubre al que no tocó como el lo pidió!!! Su fama de distante y frío queda contrariada a través de sus gestos para con la orquesta, satisfecho por su desempeño.



Bernstein fue el más polifacético de los tres: compositor, pedagogo, pianista y director de la Filarmónica de Nueva York, y un verdadero ídolo mediático. Fue a el quien se le debe la resurrección de Mahler.

Lenny en estado puro: no solo se movía así cuando dirigía West Side Story, ¡¡¡sino que también lo hacía cuando dirigía a Beethoven o a Mahler y si se trataba de un concierto podía llegar hasta abrazar y besar al ejecutante solista!!!




Por último Solti, el más insigne wagneriano de la segunda mitad del siglo XX y discípulo en Budapest del compositor húngaro Bela Bartok (1881-1945), huyó de Hungría durante la segunda guerra mundial debido a su condición de judío –su padre pereció en un campo de concentración-, estableciéndose en Zurich como pianista, desarrollando luego lentamente una carrera en la dirección orquestal, que lo llevó por diversos países, hasta que a principios de la década del sesenta llegó a Londres, para a fines de la misma hacerse cargo de la Sinfónica de Chicago, a la que llevó a los mayores niveles internacionales.-

Solti dirigiendo en el orchestra hall de chicago con su típico estilo de "boxeador" lanzando trompis al aire. Fíjense como mira a los ejecutantes para señalarles sus entradas.




Hugo Perini, para Te cuento los setenta

lunes, 30 de junio de 2008

Un estreno postergado




(En homenaje al veinticinco aniversario del fallecimiento del maestro Albeto Ginastera, ocurrido en Ginebra el 25 de junio de 1983, extrañando a la Argentina, y donde se encuentra enterrado en el cementerio de las personalidades ilustres de Plainpalais, muy cerca de Jorge Luis Borges)


-Mirá Eugenio, vos me sacás mañana mismo Bomarzo o yo te cierro el Colón- Fue la orden que le impartió el presidente de facto Juan Carlos Onganía al coronel Schettini, Secretario de Cultura de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, durante la función de gala del 9 de julio de 1967. La ópera debía ser estrenada unos días después. El motivo: “razones de moralidad pública”.

Sorprendentemente, la obra lírica en dos actos comisionada al compositor Alberto Ginastera (1916-1983) por la Opera Society de Washington y basada en el libro de Manuel Mujica Láinez (1910-1984), había sido estrenada dos meses antes allí, con gran suceso de la crítica y público, y la recepción posterior en la embajada argentina a cargo del Ing Alvaro Alsogaray, secundado por su hija María Julia, se había convertido en uno de los acontecimientos sociales del año en la capital norteamericana.

La historia, que transcurre en Viterbo, no muy lejos de Roma, cuenta la historia -en parte verídica y en parte ficcional- de Pier Francesco Orsini, duque de Bomarzo*. Jorobado, el duque ordenó hacer en el parque de su castillo una serie de impactantes y monstruosas figuras de piedra que aún se pueden visitar.

Varios años antes, Mujica Láinez al recorrer el lugar, se inspiró para escribir su probablemente más célebre novela. En ella imaginó a un perverso Orsini obsesionado por su impotencia y por la inmortalidad que le había asegurado un astrólogo.

Ginastera sostenía que Bomarzo se trataba de la primera ópera con estructura de flash-back, porque comienza con la muerte del duque, envenenado, quien ve pasar toda su vida antes sus ojos de moribundo.

Onganía cayó, y finalmente el 29 de abril de 1972 se produjo el esperado estreno argentino de Bomarzo, en el teatro Colón.

Pocos día después, el martes 9 de mayo se transmitió por Canal 7, logrando 14,2 puntos de ráting, altísimo, y como señaló el matutino La Opinión en su crítica, medio millón de argentinos habían preferido ver la ópera, antes que al astrólogo Tu Sam que pasaba canal 9, o El soldado Chamamé que iba por el 11 o la dupla entonces invencible de Horangel seguido por Rolando Rivas, taxista, que emitía canal 13.-


* Los videos que pueden ver a continuación contienen la historia del parque de Bomarzo y del duque Pier Francesco Orsini.
El primero dura 2 min y el segundo 5 min.








Por Hugo Perini y Stella, para Te cuento los setenta

lunes, 19 de mayo de 2008

Vivir para el arte, Vivir para el amor!




El 16 de setiembre de 1977 en su departamento parisino, sola y alejada del mundo, acompañada solamente por su ama de llaves y su chofer, fallecía María Callas a los cincuenta y tres años. En su diario, la entrada de ese día rezaba: …en los momentos más crueles, tú eres mi única preocupación, y tranquilizas mi corazón. El último llamado de mi destino. La última cruz en mi camino. Son los primeros versos llenos de desesperanza cantados por la heroína de La Gioconda de Poncielli. ¿A quien se refería: a su primer marido Battista Meneghini o a Aristóteles Onassis, su gran amor? Meneghini aseguró que se refería a el, Onassis había muerto dos años antes, sumiéndola en la tristeza y la soledad.

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Sin embargo una palabra falta en esta cita textual, la primera: Suicidio…

Esta omisión dio lugar a todo tipo de interpretaciones sobre el deceso real de la diva, que falleció de un ataque al corazón según el certificado de defunción. Lo que se agravó debido a la rápida cremación de sus restos, cuyas cenizas sin embargo nunca estuvieron en el nicho del cementerio de Pere Lachaise -al que concurren aún hoy sus admiradores y donde nunca faltan flores frescas- las que fueron esparcidas recién en 1979 en el Mar Egeo.

La carrera de María Callas ocupó poco más de veinte años, entre 1942 y 1965: debutó en Atenas con Tosca, uno de sus roles más logrados, y culminó en Londres con el mismo personaje. Luego, a comienzos de los setenta, hizo giras mundiales dando recitales, en los que la diva no pudo mantener el nivel de sus épocas de gloria, lo que no fue óbice sin embargo para que sus admiradores concurrieran en masa a verla y oírla.

Su voz era una amenaza: inestable, escucharla podía a veces no ser una experiencia enteramente agradable, con matices que podían ser de una belleza singular, pero con otros que sonaban desafinados, llegando incluso al grito destemplado. Pero ella la transformó en una oportunidad, ya que como Callas sostenía, ella representaba mucho más que el bel canto: “Para trasmitir el efecto dramático, tanto al público como a MI misma, debo producir sonidos que no son bellos. No me importa que no lo sean, siempre que sean AUTENTICOS”

¿Que fue lo que hizo entonces de esta mujer legendaria una prima donna absoluta, en una época en la que brillaban también nombres como el de Renata Tebaldi o Joan Sutherland, y que aún hoy cautiva a los oyentes?

En primer lugar su entrega total: mantuvo un repertorio amplísimo, exhumando operas que hacía más de cien años que no se cantaban, con un enfoque intenso, dejando de lado en muchas de ellas lo que habían sido en el pasado –simples exhibiciones de virtuosismo vocal- para transformarlas a causa de su talento interpretativo y de su línea de canto en dramáticamente significativas y convincentes, exigiendo a su voz muchas veces más de lo que esta podía dar, y esa actitud arriesgada fascina a los amantes de la ópera, y por ello la amaron, aunque tuvo también por este enfoque muchos detractores, especialmente entre los más tradicionalistas.

Y en segundo lugar, su voz y como la empleaba: el toque Callas hacía que sus papeles fueran memorables y dramáticamente convincentes, aunque no siempre estuvieran exquisitamente cantados. En palabras de uno de sus más famosos admiradores John Ardoin “Cuando se había escuchado su voz, difícilmente se la podía olvidar. Era obsesiva y perturbadora; estremecía e inspiraba”.-



En el video Callas en el papel de la artista Floria Tosca, una de sus más grandes creaciones, canta en el Covent Garden de Londres en 1964 el aria Vissi d´arte de la ópera Tosca de Giacomo Puccini, que da título al presente. La acompaña el barítono italiano Tito Gobbi -probablemente el mejor artista de su cuerda durante la segunda mitad del siglo pasado y uno de los mejores en la historia de la ópera- en el papel del hipócrita barón Scarpia, Jefe de la Policía Secreta de los Estados Pontificios en la época de Napoleón, quien desea a Tosca, quien le pide por su novio el pintor Cavaradossi, un patriota detenido en las mazmorras.-
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Hugo Perini y Stella, para Te cuento los setenta!

miércoles, 30 de abril de 2008

En los setenta los tenores no eran tres...

Luciano Pavarotti - Ah mes amis! (Live at the Met)-1972....Video "ciego" porque no se filmó en su momento. Los 9 do agudos se escuchan faltando un minuto para finalizar.

En 1972, Luciano Pavarotti cantó en el Metropolitan de Nueva York la ópera de Donizetti La fille du regiment, emitiendo con elegancia y musicalidad nueve do agudos en la famosa aria del segundo acto Ah! mes amis…El teatro y la ciudad entera enloquecieron: ¡¡¡habían recuperado a Carusso!!! Para los norteamericanos Luciano fue el Tenor Más Grande del Mundo

A Plácido Domingo, esto no le agradó para nada, por la sencilla razón que El era el tenor más grande del mundo…

Sus carreras habían sido casi simultáneas, si bien Pavarotti (1935-2007) era seis años mayor que Domingo (1941), habían abordado casi los mismos roles, lo que planteaba a partir de ese momento riesgos y oportunidades para ambos.

Luciano intentó pasar a roles más exigentes, como Radamés en Aída de Verdi, pero esto perjudicó su voz, perdiendo el típico sonido aterciopelado de tenor italiano, sonando forzada y afectó sus agudos.

Por el contrario Plácido, que además de ser un vocalista magnífico, es un músico integral -ejecutante de piano y director de orquesta- tuvo que reinventarse. Así, como Pavarotti, encaró roles de mayor densidad, pero en su caso con el mayor de los éxitos, como fue el caso de Otello de Verdi, uno de los más intensamente dramáticos y exigentes de la ópera italiana para la voz de tenor y cuya versión discográfica es una de las tres top del catálogo. Luego pasó a la ópera francesa para concluír con Wagner con gran suceso, siendo aclamado en la catedral wagneriana: Bayreuth, lo que no es poco para un cantante de nacionalidad española, formado en Méjico.




Placido Domingo as Otello --Niun mi tema-- Milan-1976....Otelo es el más difícil rol de tenor creado por verdi y quizás el más comprometido de toda la opera del siglo XIX. en el video, plácido, en una creación memorable en lo artístico y vocal, en el último acto se suicida, luego de asesinar por celos a su esposa desdémona


Mientras Luciano en los setenta limitó sus roles a los clásicos líricos de ópera italiana y comenzó a dar recitales, Plácido dominaba más de ochenta personajes, efectuando entre 1972 y 1982 1600 presentaciones, sin que su voz, al contrario de la de Pavarotti, experimentara ningún deterioro aparente, lo que se mantiene aún.

Para los expertos no cabía ninguna duda: Plácido era el más valioso de los dos. Para el público en general Pavarotti era el más atrayente.

Harold Schonberg, el legendario crítico musical del New York Times señaló así la diferencia entre los dos artistas: “Cuando Domingo sale a escena, inspira respeto, cuando Pavarotti sale a escena, inspira adoración."

A fines de los setenta, Plácido se había convertido en un gigante, mientras que Luciano ya no era un cantante, sino un fenómeno de los medios de difusión.



in memoriam: Pavarotti - La Danza - 1978... La "tarantella" de Rossini levanta hasta a los muertos!!! Nótese cuanto más espontáneo era Luciano en su primeros recitales, y cuánto mas delgado!

Pavarotti falleció en su casa, en su ciudad natal, Módena, el 6 de setiembre de 2007, rodeado de su familia, a causa de un cáncer de páncreas que se le había declarado un año antes.

Domingo, casi al borde de los setenta años de edad, continúa con su arrolladora actividad, habiendo sido designado hace muy poco por un jurado compuesto por dieciséis críticos musicales convocados por la revista BBC Music Magazine como el más grande tenor de todos los tiempos, seguido por Enrico Carusso y Luciano Pavarotti.-

Hugo Perini y Stella, para Te cuento los setenta