jueves, 6 de marzo de 2008

Glorias y ocasos


Me siento un poco como el pinchador de globos oficial. Pero sin intención, lo que no sé si es bueno o malo.
En la anterior entrada que me tocó hacer, se me ocurrió recordar una de las letras inverosímiles que en aquella época se cantaba. Y hoy tengo ganas de tocar otro tema que se refiere, también, más a las fallas que a los méritos de la década: la aparición y definitiva entronización de las modelos…
Hasta ese momento – año más o menos – la publicidad, aún la televisiva, corría por otros carriles. Los anuncios habían sido en vivo, en general protagonizados por Cacho Fontana, Fito Salinas, el negro Brizuela Méndez, Nelly Prince, Pinky… locutores que, en medio del desconocimiento de las motivaciones ocultas, destacaban las virtudes del producto a vender. Es que por muchísimos años, si alguien intentaba vendernos desodorante, trataba de convencernos de que nos mantendría más tiempo sin olores feos que el de la competencia. Y no se le ocurriría plantear que las mujeres más sexies del planeta cometerían los peores atropellos por conquistar al desodorizado. Del mismo modo, una cerveza procuraría que creyéramos que era más rica o más fresca que las otras y que nos sacaría la sed; y a ningún cervecero se le cruzaba sugerir que una botella de litro haría realidad nuestras fantasías eróticas con más eficacia que un jugo de naranja o una soda…
No soy Giordano, pero igual no me peguen. Estoy tratando de llegar a algún lado.
Cuando empezaron a aparecer las publicidades que seguirían desarrollándose hasta el día de hoy, la idea de que la protagonista de una de ellas tuviera nombre y apellido, parecía algo impensable. Que una mujer lograse trascender, ocupar espacio en una revista o ser reporteada sólo por ser bella y por intentar vendernos un jabón, era algo absolutamente novedoso. Lejos estábamos de suponer que treinta y pico de años después serían las absolutas dueñas del rating televisivo con esas mismas y escasas armas.
Yo me acuerdo de la aparición de la propaganda de Cadum, espantoso jabón que lanzó a la fama a Susana Giménez y su “Shock!!”. Todos andábamos desesperados por averiguar quién era esa mujer. Épocas en las que lejos estábamos de sospechar el Google, debimos esperar interminables días o acaso semanas hasta que empezó a circular el dato de quién era y pudimos verla más seguido, como invitada a programas o como actriz más tarde.
La revista GENTE – nefasta y miserable publicación causante de muchísimo daño en lo que Adenoz, sonando como un personaje de El Señor de los Anillos, acaba de llamar con enorme acierto la Edad Oscura – fue una de las principales difusoras de esta nueva cultura. SIETE DIAS la siguió muy de cerca. Las modelos llegaron para quedarse, y todos conocimos los nombres de Teté Coustarot, Evelyn Scheidl, aquella terrible Silke que le pedía a Carlos que le bajara la caña, Mirtha Massa y su romance con el Willy Vilas… decenas. Las fotos de los hot pants adornaban las paredes de los cuartos de adolescentes. Podría ponerme a buscar en Internet y cada nombre que agregara dispararía un “Uuuyyy… te acordás…??” Muchas de ellas sólo permanecen en alguno de esos recovecos del cerebro a los que no vamos casi nunca. Sus vidas reales son hoy un misterio. Confieso que intenté saber algo de Mónica Posse. Para mí uno de los recuerdos más vivos de esa época fue su foto en Siete Días en un artículo llamado “Cuidado, Pintura Fresca”, porque estaba casada con un músico de ese grupo. Descubrí que canta, o al menos lo seguía haciendo hasta el 2007. Tiene página y hay videos. Y es una linda mujer, pero no se parece a esa diosa del Olimpo que vive en mi recuerdo.
Y a eso apunto en el final de esta paupérrima pintura. Ya la nombré a ella y a Susana. La diva del teléfono subsiste hasta hoy acumulando carisma, fortuna y autos de dudosa legalidad. Es una figura de las más importantes de la tele, encontró su camino y lo aprovechó a full. Es una señora grande en edad y tamaño, hace rato que dejó de luchar contra el engrosamiento y ya le ha sido tolerado.
Mi recuerdo final es para otras dos que no siguieron igual suerte. Una, la inexplicable Graciela Alfano. Mujer de las más bellas que pisaron estas Pampas, cuando fue elegida Miss Siete Días y por muchos años más fue el arquetipo de la belleza externa. Es cierto, por dentro no parecía responder a la misma pauta. Caramelitos faltantes del frasco, patitos salidos de la fila, escasez de agua en el tanque… lo que quieran. Yo reconozco que al verla hoy, junto a ese insulto al cerebro que tiene por marido, exhibiendo semidesnuda las consecuencias de haber decidido hacerse atropellar por el Roca una vez cada dos meses, me da lástima. Ni bronca, ni escándalo. Una callada pena…
Pero el podio absoluto en materia de desbarranque es para – suenen trompetas y clarines… - Adriana Aguirre…!!!
Cuando esta mujer por primera vez ocupó la tapa de Gente, era una hermosura. Morocha, con el pelo lacio hasta la cintura y el físico que la sustentaría muchos años, realmente era una típica representante de la belleza autóctona. Esa estúpida manía de convertirse en rubia, y en su caso específico en platinada, comenzó a deteriorarla. Y cuando intentó recrear a Marilyn Monroe, sólo copió lo peor. Fue cayendo cada vez más hondo, hasta tocar fondo en aquellas memorables sesiones con Mauro Viale que constituyeron una de las épocas más tristes de la cultura nacional y permitieron que ocupara pantalla su cónyuge… un tal García.
Por lo menos, Marilyn tuvo la dignidad de suicidarse con pastillas, si es que no la mataron. Murió sin molestar a nadie. El método de suicidio elegido por la Aguirre nos ha costado soportar ciento sesenta imitaciones de Sandro que, si hubiera justicia, debían haber confinado a ese payaso al sótano más oscuro de la cárcel de Olmos…
En fin… los setenta tuvieron también estas cosas. No todo eran Bee Gees y bailar con el dedito para arriba…
Hasta pronto.

martes, 4 de marzo de 2008

Las colegialas suecas se desnudan

- Dale boludo, no seas cagón.
Hacía media hora que intentaba convencer a Carlos, mi mejor amigo, mientras fumábamos el último cigarrillo del atado de Parisiennes entre los dos, sentados en un banco de la placita.
- No sé, loco. ¿Y si se arma quilombo? –me preguntó.
- No pasa nada. ¿Qué nos pueden hacer si nos agarran? –contesté cancheramente.
- Que sé yo, ahora con los milicos en el gobierno no se sabe.
- Dejate de joder. Mi viejo dice que con la Perona y el brujo de López Rega estábamos peor.
- Igual, no es joda falsificar los documentos –reflexionó.
- Bueno, pero pensá en los beneficios.
- No sé –insistió.
Me jugué la última.
- Una sola cosa te digo –le dije incorporándome.
- ¿Cuál? –quiso saber.
- “Las colegialas suecas se desnudan” –respondí haciendo con la mano el gesto de un letrero.
Esto pareció motivarlo. Dio la última pitada, me sonrió maliciosamente y me dijo:
- Es verdad, vale la pena el riesgo.
- ¡Ese es mi muchacho! –festejé.
Convinimos para encontrarnos después de almorzar, en su casa.

Era agosto del año 1976. La situación política ni nos rozaba, éramos ajenos a toda esa “historia”. De a poco nos fuimos acostumbrando a la presencia de la dictadura y seguimos con nuestras vidas. La prioridad era el sexo, en todas sus manifestaciones. Pero no era fácil en ese entonces. Yo estaba saliendo con una piba que, si le metía un beso de lengua, me denunciaba con su viejo por intento de violación. Así que olvidate de poder tocarle una teta o rozarle el culo con la mano. Lo pornográfico costaba un huevo conseguirlo, no era como ahora donde no extrañaría que el Clarín sacara los domingos un suplemento porno. No, había que remarla y mucho. Las pocas revistas que circulaban nos llegaban de pedo, todas ajadas y “manchadas”. Encima eran de viejas peludas que asustaban.
Ese año casi la “pusimos” por primera vez. Un compañero de colegio, Miguel, más grande que nosotros, se ofreció a bancarnos la guita del turno si le hacíamos gamba. Nos condujo a una casa humilde, donde un viejo estaba sentado en una silla en la vereda, a modo de guardián. Saludamos, pasamos y nos acomodamos en sillones que hasta las ratas despreciarían. Mientras aguardábamos, apareció una vieja con una palangana. Pensando que era la sirvienta, y mientras tratábamos de entrever a través de la puerta abierta, le preguntamos a nuestro anfitrión cual era la mina que nos iba a “desvirgar”. Señaló con la cabeza a la vieja y, al convencernos por su gesto que no era joda, decidimos abortar y dejar para otra ocasión el debut. Obviamente, Miguel se quedó para recibir su ración.
En fin, solo nos quedaban las películas. Recién en noviembre se estrenaba la última de Olmedo y Porcel, pero medio que no calentaban demasiado. A propósito, en mayo de ese año le habían cancelado el programa al Negro en la tele por poner, en el primer programa, que había fallecido. La humorada no le gustó a los jerarcas y Olmedo, por dos años, no pudo hacer televisión.
Teníamos cines donde no había drama con la edad, pero no eran recomendables. Estaba el “Sol de mayo”, donde casi siempre daban películas de acción, sobre todo de artes marciales, por las que Carlos deliraba. Se vio once mil veces “Operación Dragón”. Pero en ésas apenas se vislumbraba una teta, con mucha suerte. Había que ir temprano a ese cine, para ocupar los palcos, porque si te tocaba la platea te exponías a escupitajos de todo calibre, más otros fluidos que venían desde arriba.
También íbamos al “San Martín”, donde las butacas se dividían en dos secciones por un pasillo. Si te sentabas en el ala izquierda, era señal de que buscabas “acción”, por lo que al instante se te ubicaba a tu lado un trolo con proposiciones nefastas y de rápida resolución. Las películas ahí eran de toda nacionalidad, con preponderancia de las italianas y suecas. Pero, entre los gritos de la gente, el humo de los fasos, la mala calidad de las pelis, más la acechanza de maricas que no respetaban la delimitación, se hacía engorroso concentrarse en las escenas claves.
Quedaba el mejor, la Meca, el cine que pasaba películas eróticas por excelencia: El Capitol. Butacas decentes, nada de fumar, silencio total, películas de calidad aceptable. Pero si no eras mayor de 18 años, fuiste. Así que, no podíamos esperar dos años más para ver lo que “ya” estaban exhibiendo. Tenía que ser ahora, por lo que falsificar la edad en nuestros DNI se presentaba como la alternativa única.

A las 14 llegué a la casa de Carlos. El viejo estaba laburando y la madre se había ido de sus hermanas. Dejamos la mesa del comedor libre de toda molestia a nuestros fines y nos abocamos a la empresa delictiva. Mientras Carlos buscaba los elementos para tal fin, me puse a hojear El Gráfico que tenía en la tapa la foto del Boca bicampeón, bosteros culones. La dejé a un lado cuando volvió mi amigo y analizamos la cuestión. Teníamos que cambiar el año de nacimiento, 1960, por dos años menos, 1958. Para practicar, empecé con una de las últimas páginas del documento, usando una hojita de afeitar para despellejar lo que parecía tela. Los dos transpirábamos profusamente y era tal la tensión que, cuando sonó el timbre, dimos un respingo del cagazo.
- ¿Quién será? ¿La cana? -preguntó asustado Carlos.
- Pero no, boludo. Asomate por la ventana y fijate-le ordené.
Con cautela corrió apenas la cortina.
- ¡Es el Gordo Rodolfo! –me susurra.
- No le demos bola.
- No, ya me vio.
- Atendelo afuera.
- Tampoco, está lloviendo.
Pensé un momento.
- Bueno, esperá que tapo un poco y hacelo entrar.
Así hizo. El Gordo entró sonriendo como siempre.
- ¿Qué pasa que tardaban, maracas? ¿Se estaban tocando? Jaaaaaaa
- ¿Qué hacé, Gordo? –lo saludé.
Debió darse cuenta por nuestros semblantes, porque al instante preguntó:
- ¿En qué matufia andan ustedes?
Y empezó a mirar por todo el comedor, hasta ver, debajo de una servilleta, un documento. Se acercó y lo tomó, percatándose de nuestra labor.
- Uy, feo feo. ¿Y esto? –preguntó.
- Nada, dejá. Es para entrar al Capitol.
El Gordo asintió con la cabeza.
- “Las colegialas suecas se desnudan” –dijo como entendiendo.
- Si, ¿la viste?
- Dos veces. Peliculón. Cada vez que me acuerdo se me p…
- Sin detalles –pidió Carlos.
Rodolfo era mayor que nosotros y, como era repetidor, íbamos al mismo curso. Miró los elementos y nos aleccionó:
- Pero no tenés que usar una yilé, porque si fallás rompés todo. Mejor es un aguja grande, pero con punta.
- ¿Y vos cómo sabés eso? –quise saber.
- Porque falsificaba el boletín para que mi viejo no viera los aplazos de segundo trimestre, después si zafaba el último, no se iba a enterar.
Me reí pensando que fue en vano, ya que el Gordo no zafó y tuvo que repetir.
- Hacelo con la aguja y después usá birome del mismo color, no tinta, porque se corre.
Aceptamos de buen grado las sugerencias y lo despedimos, asegurándonos de su silencio.
- Nadie se tiene que enterar, sobre todo de estas cosas.
Igual le regalamos un atado de fasos y continuamos con nuestra faena. El resultado nos convenció y quedamos en vernos antes de entrar al colegio, a la nochecita.

Como no había obligación de usar uniforme en nuestra secundaria, solo una corbata de pésimo diseño, guardamos ésta en el bolsillo y ya nada podía identificarnos como estudiantes, ya que las carpetas las habíamos dado a compañeras para que nos las tuvieran hasta la vuelta de nuestra “chupina”. Fuimos en colectivo hasta el centro y encaramos decididamente hacia el cine. No había mucha gente en la cola, unos diez hombres con cara de nada, sin demostrar urgencia para entrar (aunque debían tenerla). Nosotros estábamos muy tensos, nerviosos, ansiosos, pero decididos. El afiche de la película de nuestros sueños nos invitaba al delito. Cuando llegamos a la boletería, un tipo con patillas a lo Sandro nos pregunta cuantas queríamos, las arranca, nos las entrega y nos cobra, sin levantar la mirada. Me quedé clavado en mi sitio, mientras Carlos enfilaba para donde estaba el acomodador.
- ¿Esta película es prohibida? –le pregunto al émulo del “Gitano”.
- Prohibida para menores de 18 años, con reserva –me dice impertérrito.
- Entonces, ¿por qué no me pedís los documentos? –le digo insensatamente.
El tipo levanta la mirada y me dice:
- ¿Vos sos mayor de 18?
- Eh… si, claro, obvio..
- ¿Entonces?
Le iba a contestar, cuando siento que Carlos me tira de la manga para llevarme.
- ¿Qué hacés, pelotudo? –me susurra temblando.
- Nada boludo. Pero me da bronca. Toda la tarde con un cagazo de la concha de su madre, y este pelotudo no me deja mostrarle lo que tanto nos costó.
- ¿Y qué tiene? ¿Querés un premio? –me dice ya desesperado.
Llegamos donde el acomodador, quien nos pide las entradas para cortarlas y dejarnos pasar. Carlos le da la suya y encara para el fondo. El viejo me mira, agarra la entrada, la corta y me deja pasar. Ahí estallé.
- Eh, viejo ¿acá tampoco?
- ¿Tampoco qué? –me pregunta el adormilado señor.
- No piden los documentos para ver si uno es mayor o no de 18.
- ¿Para qué?
- ¿Cómo para qué? ¿Cómo para qué?
De repente aparece un grandote, bien empilchado, que terminó siendo el gerente del cine.
- ¿Qué pasa pibe? ¿Algún problema?
- Pasa que no puede ser que no pidan los documentos para corroborar que uno sea mayor de…
- A ver, dame los documentos –me interrumpió.
Se los di, ya en pleno delirio. Los miró detenidamente, me miró, dio vuelta una página y dijo:
- Vení, acompañame a mi oficina.
Cuando busqué con la mirada a Carlos, ya se perdía en la oscuridad con un gesto de “¿Y qué querés que haga? Ahora arreglátelas solo”.

Cuando salió mi amigo, yo estaba sentado en el cordón de la vereda (todavía no era peatonal).
- ¿Y? –me preguntó.
- Nada. Me cagó a pedos y me dijo que se dio cuenta de que estaba falsificado por el número del documento, que no podía ser. Cuando confesé, me dejó ir diciéndome que tenía suerte de que estaba de buen humor y no me iba a entregar a la cana. Y vos, ¿cómo te fue?
Mientras encendía un faso, me dice, displicentemente:
- See, ahí, más o menos.
Yo sabía cuando mentía.
- Fue espectacular, ¿no?
Me miró con una sonrisa explicativa.
- No sabés… De todo, culos, tetas, besos entre minas…
- ¡Pará! Seguime contando en el colectivo, que se hace tarde y mi vieja se pone como loca.
Mientras nos incorporábamos para ir a tomar la F, miré por última vez el afiche y me pareció que una de las colegialas suecas me hacía un rictus de resignación.

Mucho tiempo después, y mientras purgaba una condena por falsificación de cheques, recordaba esa anécdota y de lo cerca que estuvimos de transformar una “travesura” en una desgracia para nuestras familias. La Edad Oscura había comenzado en nuestro país y nosotros no nos habíamos percatado.

sábado, 1 de marzo de 2008

Aloha From Hawaii

Te acuerda de Elvis cuando movió la pelvis?

Voy a hablar de alguien de quien ya se habló mucho, demasiado, pero voy a tratar de limitarme a un evento bien setentoso no sin antes hacer una brevísima presentación.

Elvis Aaron Presley nació en un pueblito americano un 8 de enero de 1935. No hay mucho que decir de su vida que no se haya dicho ya. Sus primeras grabaciones en 1954, su primer éxito en 1956 con Heartbreak Hotel y toda la locura e histeria que vino luego. Fue tal la fama y popularidad alcanzada tan velozmente que en 1957 se pudo comprar su Mansión de Graceland.




A mediados de los ´60 luego de hacer el Servicio Militar y de haber filmado una veintena de películas, Elvis vio como la invasión británica en manos de The Beatles le devoraba el mercado. Recién en 1968 logró resurgir gracias a un especial televisivo. Luego de dicho evento y absolutamente convencido de que necesitaba hacer un cambio en su rumbo musical, innovar, buscar nuevos sonidos, modernizarse, su manager lo obligó a que siguiera siendo una figurita repetida de si mismo, al querer despedirlo, este le amenazó con quitarle su fortuna de la que el era uno de los artífices, sin duda alguna. Pero Elvis quiso progresar más allá de la fama y el dinero y no pudo.





Pues bien, entrados los `70, sucedió algo digno de remarcar. El primer recital transmitido vía satélite. Hacia menos de 4 años que el hombre había llegado a la Luna cuando se anunció un concierto que sería visto en todo el mundo. El lugar elegido no era al azar, era Hawaii, donde Elvis era más ídolo que en cualquier parte, ya que había puesto al archipiélago en el mapa ¿O acaso a usted le nombran Hawaii y lo relaciona con otra cosa? Elvis lo es todo en esas islas, sin ir más lejos, en 2003 se realizó una película de Disney llamada Lilo & Stich, cuya banda de música esta compuesta excluisvamente por canciones del Rey, cantadas algunas por él mismo y otras versionadas.

Así, un 14 de enero de 1973, apenas pasada la Medianoche de Hawaii, Elvis hizo su aparición en el Centro Internacional de Convenciones de Honolulu, para dar inicio a lo que sería una de sus presentaciones más recordadas, tanto por su performnace, por el acontecimiento tecnológico de ver en el instante lo que sucedía en otra parte del mundo desde el livnig de tu casa, como así también por ser la primera aparición en TV del Rey desde su especial de 1968.

De esa presentación salió otro elemento propio de una teconología que avanzaba, el disco doble con el registro del recital fue grabado en sonido cuadrafónico. Muy lejos del 5.1 surround ¡Pero vaya que adelanto!

Algunos años más tarde, 16 de agosto de 1977, Elvis se haría inmortal para algunos, pasaría a la clandestinidad para otros, pero eso no nos ocupa hoy. De algo hay que estar seguro, la década del ´70 transformó al Rey del Rock and Roll de ídolo a ícono, mito y leyenda.

Bruno, para Te Cuento los Setenta